Poder, serpientes y mi esfero de Darth Vader

Reflectores en la Galaxia

Por: Catherine Cañón Sarmiento

Una de las disquisiciones más profundas e inquietantes de la existencia humana, estudiada tanto por la ética como por la filosofía política, está representada por un esfero con tinta en gel de dos mil pesos que ya no funciona para escribir. La funcionalidad del elemento, no obstante, no fue lo que generó mi curiosidad metafísica, sino la icónica figura que remata su cuerpo negro y delgado: el temible e infame -perdón, famoso- Darth Vader

¿Por qué la mirada sin ojos y la respiración artificial del clásico villano, cuya identidad anterior fuera Anakin Skywalker, propicia interrogantes metafísicos de tan gran envergadura en mi mente inquieta? Porque cuando le observo y pienso en su historia, especialmente su desenlace trágico con aires al de Sansón[1], recuerdo una verdad irrefutable y perpetua:

El deseo de tener poder y ser capaz de controlar lo incontrolable, entender lo insondable, eternizar lo que tiene término y hacer lo imposible, es el camino más fácil al lado oscuro.

El deseo de tener poder y ser capaz de controlar lo incontrolable, entender lo insondable, eternizar lo que tiene término y hacer lo imposible, es el camino más fácil al lado oscuro.

«En una galaxia muy, muy lejana»

Intentaré resumir la historia trágica de Anakin, contada en la saga de la “Guerra de las Galaxias” (alias “Star Wars”), al menos una película adicional[2] y una línea completa de cómics de su universo extendido, a riesgo de omitir aspectos importantes y con el perdón del “fandom” galáctico (alias “la fanaticada”): él fue un niño esclavo nacido de madre esclava (supuestamente fue concebido sin padre, lo cual es sospechosamente pretencioso), sumamente talentoso para la mecánica, la robótica y excelente piloto de carreras, que amaba profundamente a su madre y deseaba sacarla de las condiciones precarias de vida en que se encontraban. En el episodio I[3] de la saga se encontró con Qui-gon Jinn, un respetado maestro de la Orden Jedi (los “buenos”), quien detectó en él la capacidad de alterar el equilibrio de la Fuerza (valga recordar que no estamos hablando de una ficción cristiana, propiamente) al punto de poder detener o disparar el paulatino avance de los servidores del lado oscuro (los “malos”) en su búsqueda por la dominación de toda la Galaxia.

En resumen, este no era cualquier niño, y no parecía estar condenado a la perdición. ¿Cómo se convirtió el niño inquieto del Episodio I en el cruel y terrorífico villano de la cinta “Rogue One”?

Como muchos niños y jóvenes en la actualidad, Anakin tenía un futuro. Era la clase de personas destinada, o “llamada”, a la grandeza con impacto galáctico, no solamente global. El buen “Anny” sólo necesitaba un buen maestro para formarle, y el apoyo de una comunidad en la cual pudiera fortalecerse, madurar y cumplir con su propósito. Fue por eso que, tras múltiples discusiones sobre si el niño tendría o no la suficiente entereza de carácter para permanecer en el lado “bueno” de la Fuerza, fue aceptado en la escuela de los Jedi y terminó bajo la tutela del discípulo (o “padawan”) de Qui-gon: el joven e inexperto maestro Obi-wan Kenobi –talentoso, con buen manejo de la Fuerza y cierta sabiduría pero un néofito. Con el tiempo, este hombre llegó a querer a Anakin como a un hermano e intentó formarlo lo mejor que pudo; sin embargo, en el transcurso de los episodios II y III se hace evidente que no confiaba en la solidez interna de su “padawan”, o al menos no lo suficiente para asignarle ciertas responsabilidades grandes. Eventualmente lo hizo, ante la pataleta, digo, insistencia del joven y la mediación de cierto afable personaje, de quien hablaremos luego.

Las voces, las luces y la sombra

El querido “Anny” admiraba a los Jedi, al menos de niño, y anhelaba aprender de ellos –como cuando uno se apasiona por el fútbol y descubre que irá a entrenarse con su equipo favorito de toda la galaxia. Eso lo llevaba a presumir sus grandes dotes como piloto y combatiente en batallas como la de Coruscant, al inicio del episodio III. Sin embargo, al verse constantemente confinado por las reglas y tradiciones de los Jedi, los cuales no siempre compartía del todo, y al no obtener el reconocimiento y la confianza que creía merecer por sus grandes talentos, empezó a germinar en él cierta semilla de rebelión contra sus líderes. En la práctica, llegó a saltarse las normas de los Jedi mediante conductas como “volarse” del sitio adonde lo habían enviado, cambiar de misión sin permiso y hasta iniciar una familia a espaldas de su Consejo (sus líderes). Además, llegó a sospechar que, tal vez, su gran maestro Obi-wan no era tan bueno y se estaba quedando sin lecciones para enseñarle acerca del uso de la Fuerza… o tal vez le estaba ocultando algo importante por ¿miedo a ser superado por su pupilo?

«Si soy fuerte y poderoso, ¿para qué necesito un maestro? ¡Más bien, está como demorada esta gente en reconocer mis grandes talentos, y subirme de nivel!»

En este punto de la historia, con importantes inquietudes éticas y ontológicas encima, se desatan lo que podríamos denominar “una serie de eventos desafortunados”[4]: en primer lugar, y pese a la reticencia de algunos de sus miembros, el Consejo Jedi accedió a confiar a Anakin la tarea de cuidar al importante canciller Palpatine, un personaje que se erigió en los episodios I y II como un defensor de valores como la libertad y la democracia. No obstante, algunas de sus acciones empezaron a generar suspicacias en cuanto a sus verdaderas motivaciones. Dado que el canciller se mostraba amable hacia el joven Skywalker, los Jedi decidieron aprovechar esa amistad para obtener información sobre el político, primero de manera un tanto subrepticia pero, eventualmente, exponiéndole sus sospechas para justificar el espionaje sobre una persona en quien confiaba.

Los otros dos eventos desafortunados fueron de diversa índole, pero ambos relacionadas con la muerte –a la cual Anakin parece temer, por su imposibilidad de controlarla: el primero ni siquiera había ocurrido, pero vio en un sueño morir a su esposa Padme y a su bebé no nacido, sin poder remediarlo; el segundo sí fue real, en un sentido crudo y hasta macabro, pues su madre fue asesinada por un clan de asesinos, otra vez, sin que el poderoso hijo Jedi hubiera podido hacer nada para evitarlo. Anakin enfrentó entonces dos voces que le habían estado rondando constantemente, desde  hacía bastante tiempo: una era la de Obi-wan, su mentor, quien le instaba a estar atento para no caer en los engaños del lado oscuro, a no dejarse llevar por la sed de venganza contra los asesinos de su madre, por la amargura por la falta de reconocimiento o por el miedo a perder otro ser amado, y a permanecer enfocado en su tarea de velar por la paz de la Galaxia en vez de hacerse “películas” sobre asuntos imposibles de controlar.

La otra voz, más empática y amigable, era la del canciller Palpatine, líder visible de la República que luchaba contra la dominación de un conglomerado político- místico que parecía estar liderado, desde las sombras, por la orden de los Sith (los “malos”). El canciller se ganó poco a poco la confianza del ingenuo joven Jedi, animándole a demostrar su poder acabando con un enemigo que su maestro no pudo vencer[5], guiándole sutilmente a cuestionar las decisiones del Consejo de su orden e impulsando –más bien imponiendo- su nombramiento como maestro Jedi y miembro de pleno derecho de ese órgano de decisión. Era razonable suponer que el muchacho no estaba muy convencido acerca de las sospechas del Consejo Jedi sobre las verdaderas intenciones del canciller, a quien había llegado a respetar y apreciar; de seguro se vio en un serio apuro tratando de decidir si cumplía con su tarea y traicionaba a su nuevo amigo, por el bien de la galaxia, o confiaba en él y traicionaba a sus líderes y a su maestro, por el bien del Canciller. Todo esto mientras lidiaba con el duelo frustrado por el asesinato de su madre, medio desleído por la venganza implacable, la paradoja de la impotencia de un hombre poderoso, la visión acechante y el temor constante de ver morir a su esposa, quien esperaba su primer bebé –encima de todo.

Justo en el punto más crítico de toda esta disyuntiva, Anakin descubrió que el Consejo Jedi tenía más razón de la que ellos mismos sospechaban: el buen Palpatine resultó ser, ni más ni menos, que el mismísmo líder de los Sith, el “patrón” del lado oscuro de la Fuerza en persona. Pese a tener muy clara su misión y lo que podría implicar para la República su fracaso en entregar a Palpatine al Consejo Jedi, Anakin se vio confrontado con las dos voces en su cabeza –una hablándole en vivo y en directo-.

Photo by Rodrigo Souza on Pexels.com

Era el momento de escoger entre el lado luminoso y el lado oscuro de la Fuerza, entre acabar con la escalada imperialista de los Sith y proteger la República (y a la galaxia, de paso), o aliarse con el señor oscuro y obtener el poder que los Jedi no habían querido darle. Porque la Fuerza podía impedir la temida muerte de Padme, y habría podido impedir la de la señora Skywalker de no haber sido por las tontas limitaciones de la luz –los Jedi-. Padme ya estaba amenazada de muerte por el miedo de Anakin, pero el “amigo” Palpatine ofreció enseñarle cómo evitarlo mediante el desarrollo de un poder ilimitado, del acceso al conocimiento de los misterios más profundos de la Fuerza. ¿Cuál fue la frase pegajosa con la cual el señor de los Sith se ganó el corazón de Anakin? “En el lado Oscuro puedes encontrar el verdadero poder”[6] O, parafraseando:

“Sumérgete en las tinieblas, deshazte de las ataduras, limitaciones, normas y restricciones de tus ridículos mentores, dale rienda suelta a tus pasiones y deseos y serás libre de alcanzar todo tu potencial”.

Si “Anny” se unía al señor de los Sith, éste le daría lo que los egoístas Jedi le habían negado, y el joven podría decir al fin con aquella famosa heroína del hielo:

«Voy a probar qué puedo hacer, sin limitar ni proceder, ni mal ni bien obedecer jamás«

Canción «Libre soy» de la película «Frozen», de Disney

Poder sin límites… Claramente, alguien supo aprovechar su “ventaja estratégica” para influir en un joven maestro Jedi, un esposo como cualquiera y futuro padre de familia, un hombre sumamente talentoso pero inmaduro, ingenuo y lleno de arrogancia y miedos sin afrontar.

Me parece haber escuchado o leído algo similar antes, pero ¿En dónde?

 “¡No morirán!- les dijo la serpiente a la mujer-. Dios sabe que, en cuanto coman del fruto, se les abrirán los ojos y serán como Dios, con el conocimiento del bien y del mal”.

Gén 3.4-5

Déja-vu

Pero esto no termina aquí. No tendría gracia si así fuera, ¿verdad? Habrá que seguir entonces en “modo Skywalker” para ver cómo termina la historia… O ¿tal vez no?


[1] Jueces 16.23-30

[2] “Rogue One”, que cuenta hechos anteriores al icónico episodio IV con el cual comenzó toda esta “fiebre”

[3] Para los legos en las lides galácticas, por “episodio” se entiende cada una de las nueve películas que conforman la saga principal de la “Guerra de las Galaxias”

[4] Estoy usando aquí el título de una serie de novelas cuyo autor usó el seudónimo de Lemony Snicket, que narra las desventuras y misterios en torno a tres hermanos huérfanos y las tragedias ocurridas a sus respectivos cuidadores por la mano oscura de un personaje.

[5] De hecho, el espectador del Episodio III empieza a notar que algo no cuadra desde que el canciller impulsa a Anakin para ejecutar al Conde Dooku, un rival poderoso, quien ya estaba vencido y no podía defenderse. Al asesinar a Dooku, Anakin actuó en contra de la lealtad en combate promulgada por la orden Jedi, bajo la idea de que estaba haciendo justicia y era “lo único que se podía hacer”  Además, le pide a Anakin dejar abandonado a su maestro Obi-wan, quien quedó inconsciente por la pelea con el rival ejecutado.

[6] “Star Wars”, Episodio III: “La venganza de los Sith”.

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