¿Por qué no es suficiente la creación para conocer por completo a Dios?

Por Harold Cortés

Desde que Dios creó el planeta Tierra y puso al ser humano en el huerto del Edén, su deseo siempre ha sido tener una comunión directa con él, mostrarle “su eterno poder y deidad” (Romanos 1.20). Dios llevó a cabo la revelación de su propio carácter y atributos a través de una comunicación directa con el hombre, pero también se reveló a través de la creación.

Si bien todas las personas tienen conciencia de la existencia de un supremo creador, que diseñó a la perfección el universo, lo cierto es que fuera de la revelación especial, es decir, la Palabra de Dios escrita y la persona de Cristo, el ser humano nunca podrá conocer a plenitud a su creador, y mucho menos alcanzar, mediante la fe en Jesús, salvación.

Esta discusión, por supuesto, debe empezar en el huerto del Edén. Nótese que, cuando Dios creó la Tierra, dijo en el sexto día: “Hagamos al hombre a Nuestra imagen, conforme a Nuestra semejanza; y ejerza dominio sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo, sobre los ganados, sobre toda la tierra, y sobre todo reptil que se arrastra sobre la tierra” (Génesis 1. 26). El hombre no solo fue creado para ejercer dominio sobre la tierra y sojuzgarla, sino que, además, fue diseñado para representar la imagen y semejanza del Dios trino en ella. Esto claramente reflejaba la intención de Dios de mantener una relación directa, personal y completa con el ser humano.

No obstante, un seceso afectó para siempre esta comunión perfecta: el pecado. Génesis 3 nos revela los detalles de la caída del género humano; la mujer, siendo engañada por la serpiente, tomó del fruto que Dios ordenó no comer, y lo dio a su marido y ambos comieron de él. Como consecuencia, Dios los expulsó del huerto, para que labraran la tierra, de la cual fueron tomados (Génesis 3.23).

Como apunta Matthew Henry (1999), a causa de su pecado, Dios los trasladó del huerto delicioso al terreno comunal.

Esto indicaba su exclusión, y de toda su raza, de la comunión con Dios, que era el gozo y la gloria del paraíso. Su relación con Dios quedó derogada y perdida, y aquella comunicación que había sido establecida entre el hombre y su Hacedor fue interrumpida y quebrantada” (p. 24).

De manera general, como señala Pablo en Romanos 1.20, el ser humano logró reconocer durante los años subsiguientes a su caída el “eterno poder y deidad” de Dios a través de lo creado. De hecho, como lo describe el doctor Jim Bearss (22 de enero de 2017), a través de las cosas hechas, “aprendemos sobre el poder de Dios, la trinidad de Dios, la providencia de Dios y la ley moral de Dios escrita en el corazón de los hombres”.

Esto es indiscutible. La naturaleza, el cosmos y los astros, los ciclos de la naturaleza, le revelan al ser humano parte de los atributos de Dios, como su omnipotencia, perfección, inmensidad, sabiduría, entre otros. Por otra parte, la creación le enseña al hombre incluso sobre la trinidad de Dios, por ejemplo, el tiempo se divide en pasado, presente y futuro; la materia se divide en estado sólido, líquido y gaseoso y el espacio se distribuye en anchura, altura y profundidad.

Otro aspecto relevante de la revelación general es que muestra la providencia de Dios, pues a pesar de que la Tierra fue creada hace miles de años, se sostiene día a día gracias a la soberanía de Dios. Por último, la revelación general dejó sembrada la ley moral en el corazón de los hombres (Romanos 2.15), por lo que no es extraño que, a pesar de que el ser humano se encuentra en un estado constante de rebelión con Dios, aun así, posee plena conciencia de lo que es bueno y lo que es malo.


En la revelación general, Dios manifiesta su poder y deidad al ser humano a partir de las cosas creadas, como la naturaleza y los astros.


La revelación general de Dios es tan asombrosa que incluso ha dado origen a una doctrina poco provechosa, y que va en contravía de la revelación especial, de la cual se hablará en los próximos párrafos: el panteísmo. De acuerdo con Gerald Nyenhuis y James Eckman (2002), el panteísmo plantea que toda realidad es una; todo es Dios y Dios es todo.

“Los panteístas razonan que no se deben cortar las secuoyas de California porque los árboles son dioses. También opinan que se debe salvar las ballenas porque los animales son dioses. (…) La Biblia enseña que Dios está en todas partes (Salmo 139), pero rechaza la idea de que Dios es todo. Él creó las cosas, y está por encima y más allá de su creación” (p. 317).

Es común escuchar en este sentido a personas que aseguran tener una relación íntima con deidades como la “pacha mama” (concepto indígena asociado con la naturaleza), a la cual se considera una deidad que debe ser adorada y respetada. Al preguntar a estas personas si consideran la existencia de un ser superior, capaz de crear todo el universo, aseguran que, en efecto, una inteligencia superior tuvo que haber creado un mundo tan perfecto, sin embargo, como se verá a continuación, la revelación general de Dios a través de las cosas creadas no es suficiente para lograr el propósito de restaurar el destino perdido del hombre a causa del pecado. Esto no quiere decir que la naturaleza no sea relevante en el proceso de conocer a Dios, de hecho:

“En su gracia [Dios] ha provisto evidencias abundantes de Él mismo. En su soberanía, Dios manifestó universalmente todo lo que se conoce de Él. Por lo tanto, ninguna persona puede alegar ignorancia de Dios, porque de manera totalmente independiente de las escrituras, Dios siempre se ha revelado a sí mismo al hombre, y lo sigue haciendo” (MacArthur, 2010, p. 107).

Sin embargo, como lo revela Génesis 3.15, es importante reconocer que el objetivo primordial de Dios no se limita a que el ser humano reconozca su existencia y atributos, sino que, además, Él “quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al pleno conocimiento de la verdad” (1 Timoteo 2.4), lo cual se pude lograr, únicamente, a través de su revelación especial: la Biblia y Cristo.

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La palabra profética más segura

La primera parte de la revelación especial de Dios es su Palabra escrita. Como afirma Pablo en 2 Timoteo 3.16, toda la Escritura fue “inspirado por Dios”, y es útil para que los creyentes sean perfectos, enteramente preparados para toda buena obra.

De manera general, además de los decretos de Dios, la comunicación personal de Dios y las palabras dichas por labios humanos inspirados por Dios, la Biblia, redactada por hombres impulsados por el Espíritu Santo, fue la manera como Él quiso revelar toda voluntad. La primera forma en la que se registraron las Palabras de Dios de forma escrita fue mediante las tablas de los diez mandamientos, escritas por el dedo mismo de Dios (Éxodo 32.16; 34:1, 28), y denota la autoridad, claridad, necesidad y suficiencia de las Escrituras.

Esto es relevante pues afirmar que la Biblia en su conjunto es inspirada por Dios significa que también es veraz, es decir, que todo lo que dice acerca de Dios es completamente cierto, no tiene contradicciones y revela exactamente lo que Dios quería revelar sobre sí mismo al ser humano. Wayne Gruden (2009) afirma que “debemos pensar que la Biblia es la suprema norma de verdad, el punto de referencia por el cual se debe medir toda otra afirmación de veracidad” (p. 85). En consecuencia, ¿qué es entonces verdad? Verdad es lo que Dios dice, y tenemos lo que Dios dice en la Biblia.

En contraste, es bien sabido que la revelación general de Dios nunca podrá demostrar toda la verdad acerca de Él mismo, y mucho menos su voluntad. No es de extrañar que la mayoría de las personas que tratan de encontrar en la naturaleza una respuesta a sus vacíos existenciales o espirituales terminen considerando a la naturaleza como a un dios. De hecho, en esto se basa toda la concepción teológica de los indígenas mayas y los egipcios, por poner dos ejemplos, quienes en la búsqueda de un “creador” terminaron adorando a las criaturas y a lo creado antes que a Dios.

Ahora bien, al afirmar que la Biblia contiene la verdad acerca de Dios, resulta correcto afirmar a su vez que la Biblia es nuestra autoridad. Al obedecerla de todo corazón, el creyente recibirá las bendiciones preparadas para todos aquellos que caminan conforme a la voluntad de Dios, pero también fortalecerá su vida conforme a las riquezas espirituales depositadas en ella.


En la revelación especial, Dios se revela a sí mismo al ser humano a través de Cristo y su Palabra.


Otra característica significativa de la revelación especial a través de la Palabra es que es clara, es decir, se puede entender de forma sencilla, a través de la iluminación del Espíritu Santo. Si bien es cierto que hay pasajes difíciles de interpretar, tal como afirmó Pedro sobre las cartas que escribió Pablo (2 Pedro 3.15-16), en realidad la revelación escrita de Dios no fue dada al hombre para que no la comprendiera a plenitud, al contrario, su propósito es que el ser humano conozca la voluntad de su creador, su propósito en la tierra y el misterio de la salvación.

Es importante reconocer que, por mucho que el ser humano intente conocer por sus propios medios los misterios de Dios en las cosas creadas, nunca hallará respuestas tan claras como las que presenta la Biblia. Así pues, es posible afirmar que “la Biblia está escrita de tal manera que todas las cosas necesarias para nuestra salvación y para nuestra vida y crecimiento cristiano están expresadas claramente en la ella” (Gruden, 2009, p. 111).

Como consecuencia de lo anterior, la Biblia llega a ser a su vez necesaria para conocer el evangelio, para mantener la vida espiritual y para conocer la voluntad de Dios, aunque no la necesitamos para saber que Dios existe ni para saber algo en cuanto al carácter de Dios y sus leyes morales.

Esto afirma el apóstol Pablo en Romanos 10.13-17:

“Porque: todo aquel que invoque el nombre del Señor será salvo. ¿Cómo, pues, invocarán a Aquel en quien no han creído? ¿Y cómo creerán en Aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no son enviados? Tal como está escrito: ¡Cuan hermosos son los pies de los que anuncian el evangelio del bien! Sin embargo, no todos hicieron caso al evangelio, porque Isaías dice: Señor, ¿quién ha creído a nuestro anuncio? Así que la fe viene del oír, y el oír, por la palabra de Cristo”.

Por último, la cuarta característica de la Biblia es que es suficiente, es decir, contiene todas las palabras que Dios quería que su pueblo tuviera en cada etapa de la historia de la redención, y ahora contiene todo lo que necesitamos que Dios nos diga para alcanzar salvación, para confiar en él perfectamente y para obedecerle perfectamente (Gruden, 2009). Como consecuencia, el creyente debería sentirse seguro y satisfecho de que en la Biblia encontrará todo lo que necesita para caminar de acuerdo al propósito de Dios, con miras a la vida eterna.


Desde hace miles de años, Dios se comunicó al hombre mediante su Palabra, a través de los profetas y sus escritos, lo que nos reveló de manera especial la voluntad del Padre.


Sin embargo, el Antiguo Testamento se entregó en porciones. A Noé le fue revelada la parte del mundo de la que vendría el Mesía. A Miqueas, el pueblo en el que nacería. A Daniel, el tiempo de su nacimiento. A Malaquías, el precursor. Jonás fue una tipificación de la resurrección. Cada una de esas porciones del Antiguo Testamento eran, en efecto, ciertas y precisas, cada una señalaba al Mesías, el Cristo, pero solo en Jesucristo se completó la revelación especial de Dios, pues la revelación en Cristo es total y plena.

Como consecuencia, el Nuevo Testamento llega a ser, en verdad, el cumplimiento de las promesas del Antiguo Testamento. El comentario a la epístola de los Hebreos de John MacArthur (2014) dice esto respecto a Cristo Jesús como revelación especial de Dios:

“Él es mayor que los profetas. Él es mayor que cualquier revelación del Antiguo Testamento, porque Él es la personificación de toda la verdad, y más. Dios se ha expresado completamente en Cristo” (p.26).

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Cristo: el resplandor de la gloria de Dios

Pretender conocer a Dios alejado de su revelación especial es como intentar conocer a nuestro conyugue viviendo separado de él. Cristo es tan importante para el creyente como el oxígeno para toda criatura que respira, pues en Él, Dios no solo revela su carácter y atributos, sino que provee todo lo necesario para que el ser humano reciba, mediante la fe en su Hijo, el perdón de pecados y la salvación del alma.

Desde el inicio del evangelio de Juan, el escritor señala que: “En el principio ya existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios” (Juan 1.1), refiriéndose claramente a Cristo, aquel mediante el cual “todas las cosas fueron hechas” (versículo 2). En el versículo 4 se menciona que en el Verbo “estaba la vida, y la vida era la Luz de los hombres”, lo que indica claramente que, “entre los miembros de la Trinidad, es especialmente Dios Hijo quien, en su persona, tanto como en sus palabras, tiene el papel de comunicarnos el carácter de Dios y expresarnos su voluntad” (Gruden, 2009, p. 47).

Sobre Cristo como revelación especial de Dios, Matthew Henry (1999) afirma:

Cristo nos ha declarado la mente del Padre con respecto a nosotros, de la misma manera que la palabra o el discurso de un hombre nos da a conocer sus pensamientos. Sólo Cristo podía declararnos con toda precisión, exactitud y profundidad la mente de Dios” (p. 1351).

Sí, solo Cristo podía declararle al ser humano la mente del Padre con toda precisión, exactitud y profundidad, porque solo Él conoce exhaustivamente al Padre. De hecho, estando en la Tierra, Jesús afirmó: “Todas las cosas me han sido entregadas por mi Padre; y nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni nadie conoce al Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar” (Mateo 11.27).

Por otra parte, en todo lo que hacía y decía, Cristo era Dios manifestado en la carne (1 Timoteo 3.16) y la Palabra de Dios encarnada (Juan 1.14), es decir, “la traducción más exacta posible de Dios al lenguaje humano, de modo que quien ve a Jesús ha visto al Padre” (Henry, 1999, p. 1351).

Hebreos 1.1-2 apunta hacia la misma verdad: “Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo”. Por lo tanto, los hombres del Antiguo Testamento recibieron esta revelación en partes, porciones y fragmentos, mediante una revelación progresiva, pero Jesús trajo la revelación final y completa de Dios, de hecho, Él era esa revelación.

Hay varias cosas que vale la pena resaltar sobre Cristo como revelación especial de Dios, que deberían ser tenidas en cuenta como aplicación práctica para el creyente. Por una parte, su condición de heredero de todo lo creado. Sobre esto, Pablo explica en Colosenses 1.16 que todas las cosas fueron creadas a través de Cristo para Él. Cuando Él vuelva y cada cristiano entre en su reino eterno, “poseeremos conjuntamente todo lo que Él posee. No seremos cristos o señores junto con Él, pero seremos coherederos con Él. Su herencia maravillosa será nuestra también” (MacArthur, 2014, p. 32).

Por otra parte, esta revelación especial resalta la condición de Cristo como Creador del universo, el agente por medio del cual Dios creó el mundo, lo que demuestra una de las más grandes pruebas de su divinidad. Excepto por su completa ausencia de pecado (su justicia total), nada lo separa más de nosotros que su capacidad de crear, pues esto solo le pertenece a Dios.

Cristo también es el resplandor de la gloria de Dios, es decir, la luz que lo ilumina. Como es a penas lógico, nadie puede ver a Dios, sin embargo, “tal como los rayos del sol iluminan y calientan la Tierra, así también Jesucristo es la luz gloriosa de Dios que brilla en los corazones de los hombres” (MacArthur, 2014, p. 33).

Hebreos 1.3 enfatiza además que Cristo es la imagen misma de la sustancia de Dios. Matthew Henry (1999) hace una brillante declaración a este respecto: “El ser íntimo mismo de Dios está grabado, como en un sello, en Cristo. Allí pueden verse, con toda claridad, los rasgos distintivos de la Deidad” (p. 1791).

Pero en Cristo también resaltan sus cualidades como sacrificio, pues efectuó la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, y no solo eso, sino que se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas (Hebreos 1.3), lo que denota varias cosas: su honor, su autoridad, el descanso que tomó tras la obra de la salvación, y su condición de intercesor por nosotros.

¡Cuán gloriosa revelación especial tenemos en Cristo Jesús!

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Acerquémonos confiadamente al trono de la gracia

Lo expuesto arriba refleja dos cosas en relación con Dios y el ser humano. Por una parte, demuestra que el amor de Dios y su misericordia son infinitas, pues teniendo en su mano la opción de dejar al hombre a merced de su conciencia y razón tras la caída en el huerto del Edén, tomó la iniciativa de revelarse a sí mismo mediante lo creado, pero también, de manera perfecta y completa, a través de un cuidadoso plan elaborado en el seno de su eternidad: Cristo y su Palabra.

Cuando el escritor de Hebreos dice: “Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” (Hebreos 4.16), está apuntando hacia estas dos partes que componen la revelación especial de Dios. El ser humano tiene una inmensa responsabilidad delante de su creador: caminar hacia la luz, arrepentirse de su pecado, dar un giro de 180 grados y recuperar, en Cristo, el destino que perdió en el huerto del Edén por causa de su transgresión.

Si bien es cierto que el ser humano no puede conocer por sí mismo a Dios, también es cierto que sobre sus hombres carga el peso de la culpa y la condenación eterna de haber desechado la gloria de Dios por buscar su propia gloria. De acuerdo con Romanos 1, nadie tiene excusa delante de Dios por su pecado, sin embargo, mediante la revelación especial, cada uno tiene un camino labrado con sangre hacia el trono de la gracia: Cristo Jesús, “porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (1 Timoteo 2.15).

En conclusión, aunque la revelación general representada en la naturaleza y en todo lo creado revela los atributos y el carácter de Dios, es limitada y no constituye por sí misma una salida a la condición de pecado y juicio que carga la humanidad.

Todas las personas, especialmente los creyentes, deben buscar entonces, en la revelación especial de Dios, un camino hacia el conocimiento de la verdad, “hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios, a la condición de un hombre maduro, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Efesios 4.13). Solo así podrán disfrutar de la comunión que algún día Adán y Eva gozaron cuando Dios se paseaba por el jardín del huerto del Edén.

Bibliografía

Bearss, J. (22 de enero de 2017). Introducción al Nuevo Testamento, Dr. Jim Bearss. Video 3 [Archivo de Video]. Obtenido de: https://bit.ly/3lmt8jN.

Henry, M. (1999). Comentario Bíblico de Matthew Henry. Barcelona: Editorial CLIE.

Gruden, W. (2009). Teología Sistemática. Miami: Editorial Vida.

Nyenhuis, G. Eckman, J. (2002). El cristiano y el medio ambiente. En: Ética cristiana: un enfoque bíblico-teológico (p. 317). Miami: Editorial Unilit.

MacArthur, J. (2010). Comentario MacArthur del Nuevo Testamento: Romanos. Michigan: Editorial Portavoz.

MacArthur, J. (2014). Comentario MacArthur del Nuevo Testamento: Hebreos y Santiago. Michigan: Editorial Portavoz.

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