¿Por qué es importante predicar y reconocer a Cristo en el Antiguo Testamento?

Por Harold Cortés

El Antiguo Testamento (AT) contiene una de las porciones más impactantes de toda la Biblia. Desde la creación del ser humano y el llamado supremo de Dios para que gobernara la Tierra (Génesis 1.28), hasta su caída en el huerto del Edén, la entrada del pecado en el mundo y la inmediata promesa de salvación (Génesis 3. 1-23), el Señor revela su voluntad para con la creación, una voluntad que concuerda con su carácter y atributos.

Aun así, a pesar de que desde los primeros capítulos del Génesis Dios revela ese plan eterno para redimir al ser humano, es común que cristianos, incluso líderes eclesiales, pierdan de vista el gran tesoro escondido en los 39 libros que componen esta parte de las Escrituras: la persona de Cristo.

De hecho, la falta de entendimiento del propósito original de la revelación escrita del AT ha redundado en maestros y creyentes que conocen a la perfección cómo una u otra historia puede desprender un principio moral o ético aplicable, pero poco de cómo Cristo se muestra en las Escrituras como sacerdote, profeta y rey. De allí que, un correcto entendimiento del AT, debe apuntar hacia Cristo como la columna vertebral de la revelación de Dios, lo cual trae implicaciones directas en la vida práctica del cristiano y en el ejercicio de la predicación.

Contrario a lo que piensan algunos creyentes, el AT nos da pistas para comprender la obra de Cristo para la salvación de su pueblo. El AT no ha caducado ni presenta a un Dios que ha cambiado con el tiempo en su carácter y voluntad, “en realidad, la revelación del Antiguo Testamento es la narración de cómo Dios ha cambiado a una muchedumbre de pecadores, transformándolos en propiedad suya, escogida entre los pueblos de la Tierra. Puesto que esa labor comenzada en el Edén continúa hoy en día, la nube de testigos de los milenios pasados tiene mucho que decirnos a los de hoy” (Scoot, 2002, p. 9).

Los pactos de Dios con Noé, Abraham, Moisés y David; el sacrificio de animales por el perdón de pecados; la salida del pueblo de Israel de Egipto con miras hacia la tierra prometida; los diez mandamientos y la ley mosaica; la consolidación del oficio sacerdotal y el ministerio de los profetas, incluso, el establecimiento de un linaje de reyes para que gobernaran a la nación de Israel, apuntan hacia Cristo, el gran profeta, eterno sacerdote y supremo rey.

La discusión sobre cómo Cristo se revela en el AT es tan importante como la que se teje alrededor de las doctrinas de la gracia o la salvación.  Por ejemplo, un pastor señaló en un sermón titulado Venciendo a tu Goliat (19 de abril de 2019) que “hoy Goliat está pidiendo un hombre, pero no le vamos a mandar a un hombre, le vamos a mandar al David que está dentro de ti, al cual el señor respaldará para vencer esos gigantes que nos están quitando la paz, la bendición y la alegría”.

Aunque a simple vista parece una interpretación válida del pasaje, lo cierto es que, si se escudriña a fondo el contexto espiritual en el que ocurre la narración, la historia de David y Goliat es un cuadro de cómo Jesús, descendiente directo del linaje de David, vencería de una vez por todas al pecado, a la muerte y al diablo.

En cierta ocasión, un predicador enseñó un sermón en el que resaltaba la manera en la que David fue el “gran hombre de Dios”. Durante la enseñanza, en las que presentaba principios éticos, morales y devocionales de este rey, aplicables al creyente contemporáneo, Cristo brilló por su ausencia, el verdadero gran hombre de Dios, “la raíz y el linaje de David, el lucero resplandeciente de la mañana” (Apocalipsis 22.16).

Otro caso revelador para iniciar la discusión ocurrió en una escuela dominical. Durante un estudio devocional, el maestro, que durante varios domingos explicaba la vida de José (hijo de Jacob) y llegaba a los últimos versículos de la historia, indicó a manera de conclusión: “no sé si ustedes piensan lo mismo que yo, pero creo que esta historia también podría referirse a Jesús”.

La duda sobre si realmente Cristo se revela en el AT denota un profundo vació sobre el correcto entendimiento de la doctrina de la cristología en la iglesia local. Este vacío también fractura la visión del cristiano sobre lo que representa Dios, pues sino se comprende a Cristo como profeta, sumo sacerdote y rey, lo que queda es un Dios acomodado a las concepciones personales de cada creyente.

Es evidente que, mientras Cristo estuvo en la Tierra, demostró sus oficios en parte, por lo que algunos podrían argumentar que estudiar el Nuevo Testamento (NT) es suficiente para entender la persona de Cristo. No obstante, el libro de Hebreos deja en evidencia que es imposible hacerlo fuera del AT. No en vano el autor escribió: “Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo” (Hebreos 1.1-3).

Si bien el AT contiene la historia del pueblo de Israel y, por ende, principios éticos y morales dignos de ser tenidos en cuenta, el cristiano debe buscar en esta porción de las Escrituras una comprensión más profunda sobre la obra de Cristo, con el objetivo de llegar al “conocimiento pleno del Hijo de Dios, a la condición de un hombre maduro, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Efesios 4. 13). Por ello, a continuación se abordarán los oficios de Cristo como profeta, sacerdote y rey, para continuar con la responsabilidad del creyente ante Dios y la importancia de la predicación cristocéntrica del AT.

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Cristo como profeta

Para empezar, vale la pena aclarar que el oficio de profeta, sacerdote y rey en el AT representan un tipo de los oficios de Cristo. Como señaló el doctor Chuk Barret (6 de junio de 2017), “un tipo es algo que prefigura algo más, es la sombra de algo más. Ellos nos recuerdan que habrá un gran profeta, un gran sacerdote y un gran rey”.

Dicho esto, la primera mención del mesías como profeta se encuentra en Deuteronomio 18.15-18, donde Moisés escribe: “El Señor tu Dios levantará de entre tus hermanos un profeta como yo”. De acuerdo con varios comentaristas bíblicos, como Matthew Henry (1999, p. 190), los judíos inconversos suelen interpretar este pasaje como si Moisés se hubiera referido a una sucesión de profetas que vendrían después de él, para guiar a la nación de Israel y proclamar las palabras de Dios. Y aunque en parte así fue, la promesa se refería primordialmente a Cristo, el gran profeta esperado.

A este respecto, vale la pena señalar cuál era la función de un profeta y cómo viene a representar un tipo de Cristo.

“Además de los sacerdotes y levitas, sus ministros ordinarios, cuyo oficio era enseñar a Israel la ley y propiciar a Dios por el pueblo, estarían estos ministros extraordinarios, los profetas, encargados de recriminarles por sus pecados, recordarles sus deberes y predecirles cosas venideras, ya sean juicios para su aviso, ya sean liberaciones para su consuelo”.

(Matthew, 1999, p. 190).

Jesús ejerció estas funciones, revelándose a sí mismo a sus discípulos, recriminando los pecados de los habitantes de Israel, recordando a sus seguidores sus deberes y profetizando sobre el establecimiento de la iglesia, la venida del Espíritu Santo y el fin de los tiempos.

Aunque en el NT no se menciona a Cristo como profeta (con excepción de las personas que lo conocían poco) los discípulos entendieron que él era el profeta del que habló Moisés. Por ejemplo, en Juan 6.14, luego de que Jesús multiplicó los panes y los peces, el escritor detalla que la gente murmuraba diciendo: “En verdad este es el profeta, el que había de venir al mundo”.

Incluso, en su potente sermón el día de Pentecostés, Pedro le dijo a la multitud: “porque Moisés dijo a los padres: El Señor vuestro Dios os levantará profeta de entre vuestros hermanos, como a mí; a él oiréis en todas las cosas que os hable; y toda alma que no oiga a aquel profeta, será desarraigada del pueblo. Y todos los profetas desde Samuel en adelante, cuantos han hablado, también han anunciado estos días” (Hechos 3.22-24).

Dos cosas llaman la atención a este respecto. Por una parte, Jesús es aquél acerca de quien se habló en las profecías del AT, como lo expresa Wayne Grudem (2007), “los profetas del Antiguo Testamento apuntaban al futuro hacia Cristo en lo que escribieron, y los apóstoles en el Nuevo Testamento miraban hacia atrás a Cristo e interpretaban su vida para beneficio de la Iglesia” (p. 658).

Lo segundo es que Cristo no fue un simple mensajero de la revelación de Dios, como ocurrió en el AT, sino que él mismo era la fuente de la revelación de Dios. “Más bien que decir como solían hacer todos los profetas del Antiguo Testamento «Así dice el Señor», Jesús podía empezar su enseñanza con autoridad divina con la asombrosa declaración: «Pero yo les digo» (Mateo 5.22)” (Grudem, 2007, p. 658).

Como se mencionó al principio, comprender que Cristo es un tipo de los profetas del AT demuestra no solo un correcto estudio de la Palabra, sino que trae consuelo a la vida del creyente, pues no solo ha venido a revelar la gloria de Dios para nosotros, sino que la revelación de su persona en el AT nos da seguridad de que fue el salvador del cual constantemente se profetizó acerca de su venida.

Un ejemplo para ilustrar esta verdad es el reproche que le hizo Cristo a los discípulos en el camino de Emaús: “¡Qué torpes son ustedes, y qué tardos de corazón para creer todo lo que han dicho los profetas!”, y luego señaló: “¿Acaso no tenía que sufrir Cristo estas cosas antes de entrar en su gloria?” (Lucas 24.25-26). A este respecto, muchos creyentes todavía siguen sin entender de qué manera y bajo qué propósito divino Jesús es el salvador de este mundo, por lo que el AT se reduce un compendio de libros históricos con profecías que poco o nada tienen que ver con nuestro tiempo.

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Cristo como sumo sacerdote

De manera general, los sacerdotes del AT (incluyendo a los sacerdotes del tiempo de Jesús) eran nombrados por Dios para ofrecer sacrificios, oraciones y alabanzas a Él en nombre del pueblo. Como señala Wayne Grudem (2007), estos hombres tenían la función de santificar al pueblo o hacerlo aceptable para acercarse a la presencia de Dios. Sin embargo, este oficio lo ejercían hombres mortales de manera limitada, año tras año, pues el sacrificio de un animal no satisfacía la justicia de Dios frente al pecado del ser humano.

En primer lugar, el oficio sacerdotal en el AT, así como el sacrificio de animales para expiar el pecado del pueblo, apuntan a Cristo como fiel sumo sacerdote, quien nos da entrada a la gloria del Padre, pero también muestran a Cristo como el sacrificio perfecto por los pecados de su pueblo. Como señala Hebreos 10.4, es imposible que mediante la sangre de toros o de machos cabríos se quiten de una vez y para siempre los pecados, en lugar de eso, Cristo “se ha presentado una sola vez y para siempre a fin de acabar con el pecado mediante el sacrificio de sí mismo” (Hebreos 9.26).

La revelación progresiva en el AT le enseñó al pueblo de Israel sobre esta verdad, pues cada actividad y rito dentro del tabernáculo y el templo señaló la obra perfecta de Cristo en la cruz. Como indicó el doctor Chuk Barret (6 de junio de 2017), “la naturaleza de la repetición de los sacrificios les habría enseñado a los judíos que la esperanza no está en esos sacrificios, sino hacia donde estos apuntan”. Aunque gran parte del pueblo no comprendió esto, lo cierto es que Cristo lleva a los creyentes cerca de Dios. Así lo expresa Grudem (2007) al decir que “como nuestro perfecto sumo sacerdote, [Cristo] nos lleva continuamente a la presencia de Dios de forma que ya no tenemos necesidad de un templo como el de Jerusalén, ni de un sacerdocio especial que esté entre Dios y nosotros” (p. 659).

Lo anterior, como se ha mencionado, debe producir una actitud de gozo y reverencia delante de Dios, pues al comparar los beneficios que el pueblo de Israel recibía al contar con un sumo sacerdote, en la actualidad el cristiano puede estar seguro de que en Cristo tiene a un sumo sacerdote celestial que es verdaderamente Dios y verdaderamente hombre, exaltado en los cielos; un sacerdote que santifica a su pueblo, que intercede por él y que nos acerca al Padre.

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Cristo como rey eterno

El AT describe el momento en el que el pueblo de Israel decidió adoptar un principio de gobierno político distinto al establecido por Dios para dirigir los asuntos de la nación. No contentos con el oficio de Samuel como juez, los habitantes de Israel le dijeron al sacerdote: “He aquí tú has envejecido, y tus hijos no andan en tus caminos; por tanto, constitúyenos ahora un rey que nos juzgue, como tienen todas las naciones” (1 Samuel 8.5).

Para muchos creyentes, la respuesta de Dios a este requerimiento podría entenderse como una actitud de resignación, pues el eterno rey del universo le dijo a Samuel: “Oye la voz del pueblo en todo lo que te digan; porque no te han desechado a ti, sino a mí me han desechado, para que no reine sobre ellos” (1 Samuel 8.7). Sin embargo, como en el huerto del Edén, Dios tenía preparado de antemano una valiosa enseñanza que le costaría años entender al pueblo hebreo: “Ahora, pues, oye su voz; mas protesta solemnemente contra ellos, y muéstrales cómo les tratará el rey que reinará sobre ellos” (1 Samuel 8.9). ¿Por qué querría Dios mostrarle al pueblo cómo lo trataría un rey terrenal?

La dinastía de los reyes de Israel en el AT revela otro tipo de Cristo, el supremo rey del universo. En el AT, el rey tenía la autoridad de gobernar sobre la nación y, como se evidencia en 1 y 2 Samuel, 1 y 2 de Reyes y 1 y 2 Crónicas, estos reyes demostraron un trato desleal hacia el pueblo, una inclinación por la avaricia, el orgullo y el poder, que incluso ocasionó, en varias oportunidades, la conquista del pueblo a mano de naciones impías.

Los reyes del AT reflejan entonces el futuro reinado de Cristo, más allá de un ejemplo de rectitud moral o espiritual delante de Dios. En este sentido, vale la pena reconocer que, mediante el pacto de Dios con David, lo que se estaba prediciendo era la llegada de un rey soberano, capaz de gobernar con autoridad y justicia a todas las naciones del mundo. Efesios 1.22 nos indica que “Dios sometió todas las cosas al dominio de Cristo y lo dio como cabeza de todo a la iglesia”, y lo hizo para darle a sus escogidos una tierra santa, libre de pecado, en la que todo asunto será sometido a la divina justicia de Dios.

Aunque esa autoridad no ha sido reconocida por todo pueblo, tribu, lengua y nación en la actualidad, en su segunda venida, Cristo cumplirá la promesa de Dios dada a David cuando dijo: “Y será afirmada tu casa y tu reino para siempre delante de tu rostro, y tu trono será estable eternamente” (2 Samuel 7.16).

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El llamado a la predicación cristocéntrica del Antiguo Testamento

Una de las grandes verdades acerca de la predicación de Cristo a través del AT es que, indudablemente, trae un beneficio espiritual y doctrinal al que escucha o lee. Cuando el predicador expone a través de las Escrituras la obra y la persona de Cristo, el creyente adquiere la capacidad de relacionarse mejor con Él como su Señor y Salvador, es decir, le capacita para disfrutar de la gloria y la plenitud de Dios, pues Cristo es su sustancia misma (Hebreos 1.3).

Tim Keller, en una conferencia en The Gospel Coalition, titulada Predicando a Cristo en el AT, señala que una enseñanza bíblica basada en el AT que carece por completo de la obra de este magnífico salvador, es como una lección de escuela dominical que no impulsa al cristiano a la adoración.

“Si no les das [a los miembros de la iglesia] a Jesús, es como una leccioncita de la escuela dominical, pero cuando mencionas a Jesús ya no solo es una clase, es un sermón. Si no mencionas a Jesús, [ellos] no van a ser impulsados a adorar, hasta que no llegamos a Jesús, les estamos dando solo información que se pueden llevar. En cambio, cuando les damos a Cristo, [ellos] están siendo transformado allí mismo, viendo algo que no habían visto antes. Y entonces se preguntan, ¿por qué me preocupo tanto?, ¿por qué me siento tan culpable?, y allí Dios los cambia inmediatamente”.

(The Gospel Coalition, 24 de marzo de 2014).

A la larga, un correcto entendimiento del AT debe apuntar, especialmente en la predicación expositiva, al sacrificio de Cristo en la cruz, pues desde Génesis 3.15, la primera gran noticia fue esa: la venida de una simiente que vencería al enemigo. Pero en la predicación de la Palabra hay que entender que buscar a Cristo en el AT no debe hacerse al forzar distintos texto para que digan lo que el predicador quiere decir, pues, aunque el AT señala la obra de un salvador, no todos los pasajes reflejan estas verdades tan clara y contundentemente. En otras palabras, una predicación cristocéntrica no se refiere necesariamente a encontrar en cada porción del AT una imagen o tipo de Cristo, sino que, más bien, el AT es útil para ilustrar las grandes verdades explicadas por Jesús sus apóstoles en el NT.

Este ejercicio hermenéutico y exegético del AT ayuda al predicador a huir de una interpretación exclusivamente moralista, para entonces comprender cómo es que el proceso de la revelación progresiva del AT conduce a la muerte y resurrección de Cristo para la salvación de los pecadores. Para John Piper (The Gospel Coalition, 24 de marzo de 2014), el moralismo en la predicación del AT comienza cuando se enseña un pasaje en el que se pretende enseñarle a la iglesia a vivir una vida que no está comenzando con ser perdonado y justificado por la fe en Jesús.

Las consecuencias en este sentido son lamentables: se pierden de vista los tesoros y la riqueza teológica que los creyentes tienen a su disposición para disfrutar de Dios. Contrario a este enfoque en la predicación, el apóstol Pablo declaró a los Corintios: “pues ya que en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría, agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación. Porque los judíos piden señales, y los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, para los judíos ciertamente tropezadero, y para los gentiles locura; mas para los llamados, así judíos como griegos, Cristo poder de Dios, y sabiduría de Dios” 1 Corintios 1:21-24.

Pablo es enfático al decir que su ministerio se basó en la predicación de la obra de Cristo en la cruz, una predicación basada en el AT (pues el NT estaba siendo escrito todavía) que enfatiza en el poder de Cristo para salvar al ser humano del pecado, pero también en la sabiduría de Dios al proveer ese plan perfecto.

Por supuesto que, acercarse al AT, demandará al estudiante de la Palabra comprender el contexto histórico y cultural del pueblo judío, mediante lo cual podrá descubrir de qué manera la promesa de Génesis 3.15, es decir, la simiente de la mujer que pisará la cabeza de la serpiente, vaticina docenas de símbolos, figuras, rituales y tipos que señalan la obra del gran profeta, sumo sacerdote y rey

A manera de conclusión

Sin duda, un correcto entendimiento del AT debe apunta hacia Cristo como la columna vertebral de la revelación de Dios, pues él mismo es la piedra angular y el fundamento sobre el cual se edifica toda la Iglesia.

Esto, por supuesto, trae implicaciones directas en la vida práctica del cristiano. Por una parte, una mejor comprensión de los oficios de Cristo que indiscutiblemente enriquece la vida espiritual del creyente, al responder a sus necesidades espirituales. Pero también tiene implicaciones directas en el ejercicio de la predicación, siendo el objetivo último de esta elevar al más alto nivel a la persona de Cristo para que la congregación pueda adorar a Dios y lograr el fin último de la iglesia: “para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado” (Efesios 1.6).

Vale la pena que los creyentes contemporáneos, especialmente los pastores-maestros, mediten acerca del valor que se le está otorgando a Cristo en el AT. Al ver en esta porción de las Escrituras a este gran profeta, eterno sacerdote y soberano rey, cada creyente en la iglesia podrá relacionarse mejor con la trinidad. Como señaló Pablo, el propósito del conocimiento de Cristo debe estar presente en la iglesia “hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Efesios 4.13).

Los beneficios de esto son muchos, pero Pablo enfatiza en que, haciendo esto, los cristianos ya no serán “niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error, sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo, de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor” (Efesios 4.14-16).

Referencias

Barret, C. (6 de junio de 2017). Jesucristo; el cumplimiento del Antiguo Testamento [Archivo de video]. Recuperado de https://bit.ly/3aykZ6S.

Grudem, W. (2007). Los oficios de Cristo. En: Teología Sistemática (pp. 658-659). Miami, Florida: Editorial Vida.

MacArthur, J. (2015). Biblia de estudio MacArthur. Nashville, Tennessee, Estados Unidos: editorial Vida.

Matthew, H. (1999). Comentario bíblico de Matthew Henry (p. 190). Barcelona: Editorial CLIE.

Pérez, A. (19 de abril de 2019). Venciendo a tu Goliat [Archivo de video]. Recuperado de https://bit.ly/3ga3ye9.

Scoot, B. J. (2002). Visión de conjunto (desde Génesis hasta Malaquías). En El Plan de Dios en el Antiguo Testamento (p. 9). Miami: Editorial Unilit.

The Gospel Coalition (24 de marzo de 2014). Panel on Preaching Christ in te OT – Keller, Piper, Loritts, Carson, Chapell – TGC 2011 [Archivo de video]. Recuperado de https://url2.cl/Pklpk.

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